La reconstrucción de la izquierda debe mirar al 15M y al movimiento municipalista que barrió el país el 24 de mayo

Emmanuel Rodríguez

<p>Manifestantes del 15M en la Plaza Mayor de Madrid.</p>

Manifestantes del 15M en la Plaza Mayor de Madrid. Anita Bowin

30 de Septiembre de 2015

“Un lugar antaño llamado izquierda”. Es la expresión preferida de Juan Carlos Monedero para referirse al proyecto que debiéramos emprender tras las elecciones generales. La reconstrucción de la izquierda es un empeño loable, probablemente necesario, pero siempre a condición de partir de la base –este es el presupuesto implícito de la afirmación– de que aquello que tenemos no vale, de que no responde a los presupuestos originales de la izquierda.

¿Se acuerdan de aquel eslogan del 15M “No somos ni de izquierdas ni de derechas”, que tanto escandalizó a los provectos guardianes del legado de la izquierda? Que el mayor acontecimiento político de este país en los últimos 30 años –al menos el único que ha abierto una crisis política en clave democrática– no se reconozca en la izquierda es sin duda la mejor demostración de que esta ha fracasado.

Que el mayor acontecimiento político de este país en los últimos 30 años –el 15M– no se reconozca en la izquierda es la mejor demostración de que esta ha fracasado

Para entender tal desafección, y con ello las dificultades del anhelo de Monedero, hay que recorrer un camino complejo; una senda que seguramente deberíamos remontar hasta los orígenes de la izquierda española pero que, por ser breves, dejamos en la Transición. En ese periodo, fundador de nuestra endeble democracia, la izquierda hizo algo así como de perno y de martillo. Por un lado, fue el motor de la crisis del franquismo, de la mano del movimiento obrero y su sucursal vecinal. Por otro, sirvió de remache, además de cobertura de chocolate, de una democracia si no de cartón-piedra, al menos tan incompleta y mediocre como la del resto de Occidente.

La izquierda jugó su suerte en aquellos años y con ello su desprestigio posterior. Si se acuerdan: el PCE se inmoló en la permanente exégesis de Carrillo y en su incapacidad de hacer algo más que una política moderada y pacata de puertas afuera, al tiempo que rígidamente estalinista puertas adentro. Por su parte, la extrema izquierda casi desapareció ante el estupor de ver incumplida la promesa de ser vanguardia de la revolución socialista. Libertarios, autónomos y otras razas de la radicalidad se extinguieron, dispersados en la noche del desencanto o empeñados en el proyecto de levantar los nuevos movimientos sociales (ecologismo, antinuclear, feminismo).

El PSOE ha sido el partido de la Transición por antonomasia, que se se ha hecho según la cultura y los principios de la izquierda

Derrotado por tres veces el movimiento obrero –en los Pactos de la Moncloa, en la institucionalización sindical y en la reconversión– , y ciertamente único soporte real de la izquierda, apenas quedó poco más que una casa vacía con el rótulo de socialismo en su frontispicio. El PSOE ha sido el partido de la Transición por antonomasia, el principal partido dinástico, la clave de bóveda de la II Restauración, que a diferencia de la primera, la de Cánovas, se ha hecho según la cultura y los principios de la izquierda. Una cultura que en los años ochenta no fue, sin embargo, mucho más allá de completar el débil Estado de bienestar de base franquista, para derivar rápidamente en el “enriqueceos” de Solchaga y en el “por consiguiente” de un prepotente (y al tiempo nocente) jefe de Gobierno: ese que, ensoberbecido, ganaba un par de kilos por cada año en la presidencia.

Con todos los matices que se quiera y caso vasco aparte, esta ha sido la trayectoria de la izquierda en nuestro país. Por eso, todo aquello que desde el referéndum de la OTAN ha crecido con fuerza por debajo de la España oficial –como la okupación, la insumisión, los movimientos estudiantiles, y luego el movimiento global, contra la guerra, las luchas de Internet, por una vivienda digna y así hasta el 15M– o bien ha sido tan extremo como para no ser izquierda, o bien le ha dicho a esta: “Sayonara baby, nos vemos en la calle”.

Sin duda, se podrá decir, de todos modos, que hubo izquierda, en referencia a sus restos derrotados y agrupados a partir de 1986 en torno a la siglas IU, nunca por cierto del todo depurada del autosabotaje carrillista. Pero tomada en términos tanto electorales como sociales, esa izquierda no llegó a superar el estatuto de distracción; si acaso un frasco de esencias puras que de cuando en cuando se hacía tragar al PSOE. Tal fue su incapacidad para entender e intervenir en su contexto, que todo lo que se movía bajo sus pies (los movimientos sociales) no mereció más que, o su desprecio, o su nominación con el concepto tardoleninista de “izquierda social”. Obviamente, los de IU se reservaban para sí el adjetivo de “políticos” y con ello la pretensión de ser la dirección.

Así llegamos al 15M, resultado de una lenta acumulación de años y del trabajo de decenas de miles de personas. Pocos lo entendieron, y menos aún lo previeron. El movimiento de las plazas pasó como una manada de elefantes al lado de la izquierda, la progresía y el propio PSOE sin que estos vieran más que una polvareda, a la que miraron con ojos irritados y ahogados en estornudos. Pero con el 15M llegó también la pretensión de una nueva política. “Nueva contra vieja”: esta ha sido la expresión popular naíf y nada sofisticada teóricamente con la que se daba por terminada la izquierda que salió de la Transición. Desgraciadamente, no hemos sabido valorar el poder de los zombis: la actividad y perseverancia de aquello que ya está muerto.

En la nueva política, el 15M puso todo aquello que traía de bueno en su mochila pintada con los símbolos libertarizantes de la “Democracia real ya”. Una política del buen rollo, cooperativa, incluyente, de escucha de todas y todos, asamblearia, en la que el poder podía ser una variable controlada por medio de una democracia procedimental, preferentemente por medios digitales y en la que todos discutiríamos todo y votaríamos sobre todo. Nunca antes, ni probablemente después, hemos estado tan cerca de la situación comunicativa ideal que describiera ese filósofo alemán (Habermas) tan europeísta como adicto al empacho conceptual.

Con la “nueva política”, conviene recordarlo, nos movíamos antes en el terreno de las intuiciones y de las propuestas buenistas que en el de la batalla encarnizada que las élites –las oligarquías, sería la palabra más adecuada– se preparaban para disputar. Aquello apuntaba  ser una guerra desigual (una carnicería) entre caimanes de pantano y angelotes de lienzo barroco. Pero en esto, y tras algunos experimentos freaks como el tecnobolchevismo del Partido X, llegó Podemos. Los chicos de políticas de la Complu parecían traer todas las soluciones: un partido de nuevo tipo, “instrumento de la ciudadanía”, “donde la gente lo decide todo”, pero capaz de tomar el poder y de hacer que “el miedo cambiara de bando”. Con ellos, al 15M le sobrevino el arte de la estrategia como materia elemental de la política. Desde los años setenta no había pasado nada parecido (el poder ni se rozaba).

Podemos casi se ha convertido en un partido tan jerárquico, tan propenso al electoralismo y tan ruinoso para la inteligencia común, como los de la vieja izquierda

El ascenso de Podemos se resume rápido: la emergencia en las europeas, su incontenible atractivo en los debates televisados, su crecimiento en las encuestas y en la cima de todo, la asamblea de Vistalegre. Se puede decir que hasta ahí llego la ficción de la nueva política en Podemos. Desde la reunión constituyente, la formación morada apenas mantuvo la retórica del ciudadanismo para convertirse en un partido más: tan jerárquico, tan propenso al electoralismo y los rituales de Estado, tan ruinoso para la inteligencia común, como los de la vieja izquierda, en la cual, por cierto, muchos de sus “dirigentes” (atentos, este es un clásico palabro de la izquierda) se habían formado.

Se puede decir que la ruina de Podemos derivó de una vieja enfermedad de la izquierda –una dolencia genética común a todo lo que toca el PCE–: la presunción de que para hacer alta política basta con un buen pastor y un amplio rebaño de borregos. En el lenguaje podemita: “La máquina electoral” sólo necesita de marketing electoral, discurso transversal y una presencia continua en las cadenas de televisión. Así fue como Pablo Iglesias y los suyos salieron al ruedo (las teles) sin la manada que los seguía. Y por seguir con la metáfora taurina tan políticamente incorrecta para estos tiempos, fueron directos a cortar las dos orejas y el rabo esperando el aplauso del público y la venia del presidente (el arte taurino es siempre respetuoso con la autoridad). Pronto, sin embargo, se encontraron ellos mismos siendo el toro morlaco: lanceado, abanderillado, toreado y ahora a punto de ser estoqueado.

Por volver a los deseos del amigo Monedero, a la hora de pensar en la reconstrucción de este “lugar antaño llamado izquierda”, conviene no olvidar la estupidez de Podemos. Aquella consistió en considerar que al régimen se le vencía en su propio terreno: con las teles, con las encuestas, con el marketing político y con dos bemoles. ¡Si nos dejaran hablar con Pedro Arriola, estratega mayor del PP –que nadie dude que hay ahí inteligencia–  y que en su momento habló con Lara para hacer de La Sexta el campo de pruebas del “voto de la protesta”! Arriola debe estar estos días aplaudiendo con las orejas.

Si quien lea estos párrafos comparte más o menos la mitad de lo dicho, le resultará difícil encontrar los motivos para empeñarse en una refundación de la izquierda. Su historia reciente no parece más que un lugar accidentado y lleno de trampas. Al fin y al cabo, sin la base de las luchas materiales, que en su momento encarnaron el movimiento obrero y luego los movimientos sociales, la izquierda no deja de ser una colección de personas, a menudo bien intencionadas, pero dentro de una cultura política tartufa, hecha de verticalismo, burocratismo y cainismo. Si a ello se añade la insoportable superioridad moral caractéristica del progresismo, el plato ya se vuelve claramente indigesto.

Más que izquierda, por tanto, convendría arrancar de ese buenismo, y al tiempo arrogancia, que tuvo el democratismo del 15M; algo tan viejo como partir del “movimiento de lo real”, o en castizo de “lo que hay”. El objetivo sería así, no tanto el de ampliar los “convencidos” y recomponer los partidos y los nombres de la izquierda, como el de impulsar algo enteramente nuevo: un movimiento democrático que podría tener relaciones y componentes de izquierda pero a condición de retirarle sus ensoñaciones, narcisismos, izquierdismos.

Ese movimiento democrático no es una quimera, ni una elucubración. Su primer ensayo fue el 15M y su primera realización, el movimiento municipalista que barrió el país el 24 de mayo, dando lugar a los únicos gobiernos de nuevo cuño que hoy por hoy vamos a conocer. Las bases de este movimiento arrancan de niveles profundos, pero estos se reconocen antes en el federalismo que en el jacobinismo, en el anarquismo que en el republicanismo, en los movimientos sociales que en la izquierda. Sus raíces locales y su atención a los problemas concretos le salvan del “exceso de luz” que tantas veces ciega a la izquierda.

Quizás no haga falta decir que ese espacio político está en sus primeros pasos, que no está exento de contradicciones, que no tiene todavía consistencia organizativa, que le faltan herramientas conceptuales y proyectos claros. Pero parece, en definitiva, una base mejor para reconstruir eso con lo que Monedero sueña y que no es tanto la izquierda como su fundamento: un proyecto y un movimiento político capaz de modificar el orden existente.

* Emmanuel Rodríguez ha publicado el libro Por qué fracasó la democracia en España. (Enlace a Amazon)

 

Origen: ctxt.es

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