Empresas farmacéuticas engañan a médicos y pacientes: Libro #MalaFarma

Libro Mala Farma: Malas prácticas de empresas farmacéuticas (Resumen)El libro del Dr. Ben Goldacre, “Mala Farma” (2013) es una denuncia agria y bien documentada sobre las malas prácticas de empresas farmacéuticas, médicos y autoridades sanitarias. Juegan con la salud, para ganar miles de millones.

El autor no niega las grandes ventajas que la investigación médica ha aportado al mundo, pero afirma que eso no les da permiso para engañar a médicos y perjudicar a los pacientes. Propone soluciones para evitar los graves problemas que se generan.

Algunas de las ideas principales expuestas por el libro, y sustentadas con diversos estudios y documentos citados en dicha obra, son:

  1. Los experimentos en los que las farmacéuticas se basan para afirmar la bondad de un medicamento son muchas veces falsos, están mal diseñados, o están “plagados de errores” o trucos, sin que ello sea detectado por comités deontológicos, revisores, revistas, autoridades sanitarias… muchas veces implicados en “vergonzosas y descaradas tergiversaciones”. Los médicos muchas veces ignoran tales errores y manipulaciones, y otras veces las ocultan. Se ocultan también efectos secundarios. Entre los fraudes efectuados en experimentos se incluyen los siguientes: falsear datos, escoger pacientes ideales para las pruebas, usar pocos pacientes, comparar resultados sólo con placebos o con otros fármacos a dosis muy baja, ensayos muy breves o que se interrumpen antes de tiempo, medir datos poco relevantes, agrupar los datos de forma interesada, mostrar sólo los parámetros que mejoran y no todos los medidos…
  2. Los resultados de las supuestas “investigaciones” se publican muchas veces en congresos médicos, sin publicar nada de la metodología (cómo se han seleccionado los pacientes, duración de las pruebas, con qué se han comparado…). Sólo se publican los experimentos positivos, lo cual evita dudar del mismo, además de imposibilitar la investigación de cuándo es realmente positivo el uso del medicamento y cuando no lo es. Con esa información incompleta, los médicos no pueden decidir correctamente cuándo recetar cierto medicamento a sus pacientes.
  3. Las autoridades sanitarias o reguladoras autorizan fármacos inútiles, o para enfermedades para las que ya existen medicamentos más eficaces que los nuevos. En muchos casos, basta con que sean mejor que nada (placebo), sin exigir comparaciones con otros tratamientos ya aprobados. No es malo que haya varios medicamentos para el mismo problema. Lo grave es que no se compare, y que se oculte información a la sociedad. Incluso cuando hay evidencias de manipulación, los fármacos siguen autorizados y se siguen comercializando. Esto no incentiva a la industria farmacéutica a hacer mejor su trabajo. Una investigación llegó a una conclusión contundente: “Si las leyes no obligan a demostrar que un fármaco nuevo es mejor que los tratamientos existentes, es improbable que las farmacéuticas desarrollen nuevos medicamentos“. Alemania exige desde 2010 ensayos clínicos de calidad para pagar fármacos con dinero público. Esto ha llevado a las farmacéuticas a lanzar menos productos, y a mejorar sus medicamentos y sus pruebas.
  4. Muchos médicos, y revistas médicas, están pagados o sustentados por empresas farmacéuticas que sólo publican pruebas que les benefician, incluso aunque sean falsas. Se dan casos en los que algunos trabajos son escritos directamente por la industria, pero se pone como autor a un médico a cambio de un cheque (para beneficiarse de su prestigio, de su “supuesta independencia”, o de la reputación de su universidad, por ejemplo). Por supuesto, ello puede acarrear responsabilidades jurídicas si se demostrara que el artículo publica datos falsos.
  5. Las farmacéuticas incumplen sus promesas de estudios de seguimiento y las entidades reguladoras se lo consienten. Cada ensayo clínico que se lleve a cabo debe estar registrado públicamente antes de comenzar, y se deberían publicar los resultados antes de un año tras su fin. Los pacientes que participen deben ser informados de todo. La realidad es que estas sencillas normas no se cumplen y las leyes no les obligan a cumplirlas. El autor invita a las asociaciones de afectados por alguna enfermedad a preguntar a las farmacéuticas si ocultan datos de algunos experimentos.
  6. Las farmacéuticas gastan en publicidad el doble que en investigación, incluyendo ahí “convencer” a los médicos para que receten su medicamento (usando supuestos cursos de formación poco objetivos, y basándose muchas veces en estudios falseados que ni siquiera los médicos saben que no son ciertos).
  7. Está muy bien documentado en múltiples investigaciones, que los estudios clínicos financiados por la industria obtienen resultados positivos (hacia el medicamento probado), con más probabilidad que estudios clínicos independientes. En algunos estudios se llega al 85% de estudios positivos de los financiados por la industria, frente al 50% de los financiados por el gobierno. Y si el fármaco es evaluado por la competencia, los resultados positivos caen al 28%.
  8. No suelen publicarse los resultados de experimentos negativos. Se han dado casos en los que el experimento se repite, o se prescribe un medicamento que no es el adecuado, llegando, en algunos casos a morir miles de personas (caso de medicamentos antiarrítmicos, contado en el libro). La práctica de no publicar datos afecta a todos los campos de la ciencia, pero es en la medicina donde los efectos pueden ser más dramáticos. El autor exige cambios en las leyes para que todas las pruebas que se hagan con humanos sean publicadas, o bien no sean autorizadas, y que las pruebas se contrasten con otros grupos control a los que se les apliquen los métodos tradicionales en la región, y/o los más avanzados conocidos. NOTA: Las pruebas en animales, mientras minimicen su sufrimiento, aún están ampliamente aceptadas, y no se discuten en el libro.
  9. El autor denuncia también las malas prácticas habituales de los organismos reguladores de los medicamentos, quienes se suponen que deben velar por la seguridad de los medicamentos. Entre estas prácticas se incluyen recibir presiones por parte de la industria, o del gobierno, problemas de financiación, conflictos internos y de intereses, mucho secretismo, y problemas de puertas giratorias (como también lo hay en España en el sector energético). El Dr. Goldacre cita en su libro algunos ejemplos tanto de la Agencia Europea del Medicamento, como de la FDA estadounidense.
  10. Una vez aprobado un medicamento es muy complicado que se retire, por ineficaz que éste sea. Se han dado casos (como el de la midodrina) que hasta los pacientes pedían que no se retirara, a pesar de no existir datos prácticos de sus bondades. Y no suelen hacerse estudios comparativos entre fármacos ya aprobados. En muchos casos, los médicos recetan un nuevo medicamento sin evidencias de que sea mejor que el antiguo, y sin conocer realmente sus efectos secundarios. Ni siquiera suele haber estudios de seguimiento, para evaluar resultados y efectos secundarios. Muchos médicos ni siquiera preguntan a sus pacientes (salvo que vuelvan a la consulta), y los resultados no quedan registrados, y menos aún evaluados.
  11. El marketing de las empresas farmacéuticas es muy peligroso y usan técnicas poco éticas: cambiar de nombre (y poco más) un medicamento para hacerlo pasar por nuevo y más caro, pagar a famosos para que lo citen en entrevistas, trabar amistades con médicos (haciéndoles regalos, cursos en hoteles de lujo…) para que receten su medicamento…
  12. Muchos médicos, profesores de medicina, o editores de revistas están sentados también en consejos de administración de farmacéuticas concretas, lo cual hace imposible pensar en su objetividad.

Por todo lo anterior y además de lo ya expuesto, el autor del libro sugiere estas otras medidas:

  1. Prohibir los anuncios de medicamentos ya que suelen carecer de toda base científica.
  2. Que médicos y estudiantes NO reciban a los visitadores (representantes de farmacéuticas) ya que jamás dan una visión objetiva y siempre influyen en la actuación del médico, y que NO acepten cursos de formación gratuitos de la industria farmacéutica.
  3. Exigir la publicación de quien financia cada trabajo, y de los regalos que se reciben de farmacéuticas.
  4. Que las revistas declaren sus ingresos por publicidad de cada empresa, y que se investigue si tales ingresos influyen en la aceptación de trabajos para su publicación.

Para terminar, hay que insistir en que queda mucho por hacer y que las leyes actuales no han servido para que las farmacéuticas estén bien controladas. El libro cuenta algunos ejemplos famosos de malas prácticas de farmacéuticas como Pfizer, o Abbott. No es cierto, dice el autor, que estos problemas sean cosa del pasado. Las empresas farmacéuticas buscan su propio beneficio aunque para ello enferme o muera gente en el camino, de forma directa o indirecta (el libro cuenta casos concretos espeluznantes). En EE.UU. los empleados que denuncian malas prácticas de su empresa obtienen una comisión de las multas impuestas, mientras que en otros países europeos, quien denuncia es despedido y silenciado. Aunque ha habido multas a algunas farmacéuticas (como GSK, o Pfizer entre las más voluminosas), si se comparan con sus ingresos, tales multas son definitivamente ridículas y no incentivan a hacer bien las cosas.

Por supuesto, si tiene datos o experiencias relacionadas con este tema, le invitamos a exponer un comentario (anónimo o no) al final de este artículo.

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Un párrafo del libro Mala Farma, que resume algo de su contenido.

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Origen: BlogSOStenible

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