Democratizar el euro – Yanis Varoufakis

Yanis Varoufakis  28/10/2015

Declaraciones recogidas por Aude Lancelin para el semanario parisino L´Obs (antiguo Nouvel Observateur).

Tras la rendición de Aléxis Tsipras frente a las instituciones europeas, ¿cómo se explica que el pueblo griego le haya dado de nuevo su confianza el 20 de septiembre pasado?

Si se trata de elegir entre ser torturado por un verdugo entusiasta o por un verdugo que arrastra los pies, ¿a cuál eliges? Tsipras no cree en la tortura, pero a él mismo le han torturado y le han obligado a jurar lealtad. Pues el pueblo prefiere a alguien de su género para aplicar los memorándums, antes que a un conservador que se emplearía con entusiasmo.

No votó usted a Syriza en las últimas elecciones y optó por Unidad Popular, los disidentes de izquierda radical. ¿Está cerrada para usted la historia de Syriza?

Me temo que es Syriza quien ha acabado con Syriza. Pero yo soy un animal político, no me abstengo ni disimulo mi voto. Voté a Unidad Popular en mi circunscripción, aunque esté en desacuerdo con ellos, puesto que preconizan la salida del euro. Por mi parte, no caeré nunca en la fetichización del dracma. Rompí con Tsipras exactamente por las mismas razones que me llevaron a romper con mi amigo Yorgos Papandreu. Tsipras y nosotros habíamos decidido rechazar la lógica de los planes de rescate sucesivos aplicados desde 2010.

Esta línea es la que hizo pasar a Syriza del 4% al 36%. Pero esta Syriza ya no existe, y hoy en día la gran mayoría de gente es como yo: no están contentos y no se reconocen en ninguna de las fuerzas presentes. Tuvimos una ventana de oportunidad, y ahora se ha crrrado. La historia no volverá sobre sus pasos, ni volverá a jugarse la partida, en todo caso no a escala griega. Ahora hay que pensar a escala europea.

Los acontecimientos del verano pasado, muy violentos, los vivió usted en primera fila, se enfrentó usted al Eurogroupo solo y con las manos desnudas [risas]… Ahora bien, todos estos combates no parecen haber afectado a sus convicciones europeas. A despecho del dictamen extremadamente duro que hace del funcionamiento de las instituciones de la Unión, llega usted a decir todavía que «los que piensan que Europa es el problema son ellos el problema». Después de lo que ha vivido, ¿qué es lo que le permite pensar todavía que Europa pueda ser otra cosa que una cárcel de pueblos?

¡El triunfo del optimismo! En serio, se puede ser extremadamente crítico respecto a Bruselas, el Eurogroupo y el BCE, sin perder la esperanza en Europa. Europa son los europeos, los pueblos de Europa. Si no fuese verdaderamente más que nuestros burócratas, ¡sería como para que nos suicidáramos todos! Piense en los años 1930. ¿Qué habría hecho un buen europeo en esos años? Oponerse a los gobiernos europeos. En Alemania, a Hitler. Aquí, en Francia, al imbécil gobierno socialista que mantuvo a su país en el patrón oro. No hay que desesperarse con Europa, hay que actuar sobre nuestros gobiernos.

Ha afirmado usted recientemente que no era necesario renegociar los tratados europeos para democratizar Europa. Dice usted que sería una pérdida de tiempo. En Francia, sobre todo, tras la experiencia del TCE (el tratado que establece una Constitución para Europa) de 2005, y la forma en que se ratificó a espaldas del pueblo, es algo que resulta un tanto difícil de comprender…

Es sencillo. Modificar un tratado es una absoluta pesadilla. Pasa por 28 parlamentos, referéndums…¡para eso nos harían falta treinta años! Ahora bien, fuego hay. Además, la tragedia es la siguiente. La eurocrisis ha hecho aumentar el odio entre los pueblos… Ahora es el todos contra todos. No es un buen contexto para deliberar juntos un nuevo tratado. Por lo tanto, seamos pragmáticos. Hay que estabilizar la economía de Europa. La zone euro es una catástrofe y crea situaciones insostenibles, sobre todo para Francia. La gran pregunta es, pues, la siguiente: ¿qué se puede hacer en el seno de las instituciones existentes? ¿Qué se puede hacer con el Banco Central Europeo (BCE), el Banco Europeo de Inversiones, el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MES)? Pues bien, sin querer aburrirle con los detalles, pienso que se pueden hacer ya grandes cosas con lo que hay. Desde hace años trabajo con mis colegas, y tenemos en esto la aprobación de Michel Rocard, en lo que hemos llamado una «modesta proposición». Es posible, por ejemplo, utilizar los bancos centrales para reducir la deuda total de la eurozona en un 35% en el curso de los años por venir. Al mismo tiempo, se puede disponer de una palanca de inversiones, una nueva situación para Europa, con el Banco Europeo de Inversiones. Imagínese si este último, en lugar de adquirir obligaciones alemanas, emitiera obligaciones para invertir en Francia, en Alemania del Este, en Grecia, en Italia, en España, en la economía verde, por ejemplo. Habría entonces una infusión directa de buenas inversiones. Eso sería un «New Deal» para Europa, exactamente igual que en 1933. Y todo eso es rigurosamente legal.

Pero esta voluntad política, ¿dónde está? No se ve en absoluto en lo que respecta a las instituciones europeas…

Tiene usted razón. No es un problema técnico sino político. Un ejemplo más, sin embargo: cada año, usted lo sabe, hay centenares de miles de millones de euros que se acumulan en los bancos centrales en una cuenta denominada «Target2». Todo eso acaba en los bolsillos de países ya excedentarios como Alemania o los Países Bajos. En lugar de eso, imagínese si se creara un fondo antipobreza para Europa. Imagínese que una persona pobre de Alemania del Este, de Marsella o de Irlanda pudiera recibir un   cheque del BCE de 100 euros para comprar alimentos. ¡Imagínese el efecto unificador que tendría esto sobre Europa! Pues bien, eso se puede hacer dentro de esos tratados.

¿Cómo puede usted describir, por un lado, esta Europa idílica y, por el otro, asegurarnos, como ha hecho usted desde este verano, que el objetivo bélico, la meta misma de la Troika, más allá del caso griego, es venir a París para que los mercados financieros dicten directamente su ley a nuestro gobierno? ¿Cómo puede mantener estos dos discursos conjuntamente?

Describo la realidad que tenemos hoy en día y la que podríamos tener, eso es todo. Pero atención, la Troika ya no existe verdaderamente en tanto que tal. Teniendo en cuenta la sorprendente debilidad de la Comisión, increíblemente humillada, y el hecho de que el  FMI no quiere mezclarse en eso, no queda a fin de cuentas más que el Dr. Schäuble [ministro alemán de Economía]. Estoy totalmente en desacuerdo con él, pero por lo menos tiene visión; los demás no la tienen. El ha comprendido que no es duradera la zona euro tal como está. Su plan es, por tanto, una zona euro restringida, más disciplinada, y su gran problema en este asunto es Francia. No se trata de venir a instalarse así por las buenas a París, se trata de actuar de manera que el presidente del Eurogroupo se convierta en un policía fiscal que tenga constantemente el derecho de regular el presupuesto nacional de Francia. Ese es el plan. Y si quiere usted comprender la dureza con la que se ha tratado a nuestro gobierno, es eso lo que tiene que entender.

Este deseo de intimidar a Francia, sobre el que intentó usted alertar muy pronto,  ¿qué es lo que le permite sostener concretamente tal cosa? ¿Qué es lo que le hace pensar que ese el plan de Schäuble: conjeturas, discusiones?

¿Quiere usted los datos?

Desde luego que sí…

Escuche, va a tener usted que creer en mi palabra. En uno o dos  años, tendré hecho un libro y revelaré mis fuentes, pero no es el momento de ello. Mire a su alrededor, ¿no es lo que ve usted? Hace tres semanas estaba sentado junto a Emmanuel Macron en el Forum Ambrosetti, en el lago de Como. Y el mismo habló allí en público de estas cosas.  Macron dijo que detrás del relato alemán de la competencia se está creando una divergencia insuperable. Dijo que la insistencia alemana en el tema de la disciplina fiscal estaba desembocando en algo calvinista. ¡No soy yo el que lo ha dicho, es él!

Se muestra usted siempre muy cuidadoso de no señalar específicamente el papel de Alemania en la crisis europea actual. Se le reprocha mucho a Jean-Luc Mélenchon que lo haya hecho…

En efecto. Creer que hay un «tipo» psicólogico alemán es el principio del racismo. No estoy del todo de acuerdo con Mélenchon en este punto y así se lo dije en la Fiesta de  L’Humanité. Hay que parar esto. Sobre todo, es un pensamiento débil, porque la zona euro no la construyó un gobierno alemán sino una coalición de élites
francesas, alemanas, griegas y todas son igualmente responsables de su desastrosa  arquitectura. De hecho, las élites francesas son incluso culpables por partida doble. Históricamente, hubo ciertamente una tentativa francesa de rodear, de ahogar a Alemania con una divisa común y Alemania se defendió que si era así, iban a controlar su [de ustedes] presupuesto. ¿Por qué querían una moneda única las élites francesas? Necesitaban el Deutsche Mark para mantener los salarios en su sitio, nada más. ¡Tienen por encima al mercado y tuvieron la audacia de imaginarse que iban a llegar a controlar el Bundesbank! Pero los alemanes les esperaban a la vuelta de la esquina y les humillaron y siguen humillándolos desde hace veinte años.

Sin llegar a achacar a los alemanes de hoy una «voluntad de poder», un verdadero deseo de hegemonía, algunos economistas franceses de la izquierda consideran, sin embargo, que la relación de los alemanes con su moneda es una relación todavía traumática  a causa de la inflación de los años 30, y que tienen una relación con la ortodoxia monetaria y, por tanto, con el euro, un poco enfermiza, digamos que obsesiva. Este análisis histórico no atañe a la xenofobia…

Sí, pero es falso. ¿Conoce usted a Jean-Claude Trichet, el peor banquero central que haya pisado alguna vez la Tierra? Pues bien, él dice exactamente lo mismo que los alemanes, como si fuera la sabiduría suprema. Ahora bien, es francés.

Hay servidores que se apasionan por la causa del amo…

¡Pero Trichet es más que un lacayo, mucho más! Encarna el estado de espíritu de todo el establishment francés de los años 80 y 90. La malsana relación de los alemanes con la moneda, eso existe, es verdad. Pero la mayor parte de la gente tiene una relación malsana con el dinero en general, que tiene algo de corruptor para la inteligencia humana. Por otro lado, se ha exagerado mucho la historia de la hiperinflación alemana de los años 30. La austeridad es lo que llevó a los nazis al poder, no la hiperinflación. Esta última había sido derrotada por la república de Weimar antes de que el canciller
Brüning impusiera una austeridad masiva y que explotara el paro, favoreciendo la ascensión de Hitler. Lo que hacen hoy los alemanes no entra en una lógica de hegemonía, se lo aseguro. El gobierno alemán es simplemente autoritario. No es lo mismo.

Retomo una de sus formulaciones recientes, pues resulta muy distintiva: «Una vez que se acepta una unión monetaria, no se puede volver atrás deshaciendo el mismo camino a la inversa. Ese camino ya no existe, ha desaparecido». ¿Qué es lo que resulta a sus ojos tan inconcebible en la idea de una salida del euro? ¿Cómo un soberanista como usted, dado que se describe así, puede aceptar una irreversibilidad de esta naturaleza?

Le voy a responder de un modo muy directo. Si se hubiera querido salir del euro con Tsipras, habría hecho falta volver a crear el dracma para poder devaluar. Y eso habría sido un suicidio puro y simple. Exactamente lo mismo que anunciar una devaluación con un año de adelanto, pues volver a crear una nueva moneda es algo que necesita un año. Imagínese a Jacques Delors, cuando era ministro de Economía, anunciando: «Mis queridos conciudadanos, veréis, en un año se va a a devaluar el franco entre un 30% y un 40%.» Todo el mundo se habría llevado su dinero y Francia habría estado jodida. Las devaluaciones sólo funcionan cuando se imponen en menos de 24 horas. Por eso hablo de irreversibilidad.

Dicho esto, si yo hubiera sido Tsipras y me hubieran dicho: «O firmas o te echo del euro», yo habría respondido: «Vale, venga, échame». Sé exactamente lo que eso habría costado, pero lo habría hecho igualmente y por dos razones. En primer lugar, ¡porque no lo habrían hecho! En realidad, ¡no deseaban que Grecia saliera del euro! En segundo lugar, porque aunque lo hubieran hecho, habrían sido ellos los malditos, no nosotros.  La paradoja es que para detener la fragmentación del euro, tendríamos que haber empezado por dejar de temerla.

Tsipras es, con todo, el personaje más enigmático de este asunto. Tras el referéndum de julio, nadie ha comprendido su brutal cambio de rumbo. Usted mismo ha usado una expresión bien fuerte a este respecto, al decir: «¿Cómo ha podido este hombre darse la vuelta a sí mismo?» En sus declaraciones se aprecia su lealtad personal hacia él, se nota que se abstiene usted de hablar mal de él, pero ¿puede usted hacernos comprender, pese a todo, cómo puede este hombre dejar que le aplaudan los social-liberales a los que se había jurado desafiar una vez en el poder?  

Difícil pregunta. Al volver a ver la película con un poco más de distancia, la Troika se comportó con Tsipras igual que en la pesca deportiva de altura. Ya sabe, ese tipo de pescadores en alta mar que capturan peces bien grandes. Los izan fuera del agua y los vuelven a meter [Varoufakis imita la acción con gestos] Para agotarlos, tiran del sedal y aflojan un poco para dejar que el pez vuelva a empezar. Lo retiran una vez más, el pez se desangra, vuelven a darle un poco de fuerza… Hasta que queda completamente agotado, y en ese momento ¡zas!, lo sacan definitivamente del agua. Con él jugaban a eso desde enero.

Desde el mes de abril, Alexis iba haciendo concesiones que yo desaprobaba porque pensaba que había que mantenerse firme. Me dí cuenta de que se debilitaba y que a finales del mes de junio los pescadores lo sacarían del agua. Hubo sin embargo momentos en los que fue extremadamente valerosos, en los que quiso batirse con uñas y dientes contra los acreedores. En el seno del gabinete restringido de siete personas que formamos, oscilaba. Un día por aquí, otro por allá. Pero cerca del final, nos dimos cuenta de que eramos sólo dos los que queríamos luchar. Se lo dirá toda la gente que fue testigo de estas escenas: el referéndum no se convocó para ganarlo sino para perderlo, para encontrar una excusa a la sumisión inminente.

¿Está usted diciendo que Tsipras esperaba perder este referéndum?

Sí, de verdad lo pienso. La noche del referéndum, cuando nos llegó ese majestuoso  62% a favor del no, yo estaba en el séptimo cielo. Pero él, ese no era el resultado que deseaba, se le veía claramente escrito en la cara. Entonces, esa noche me dijo: «Es hora de rendirse». Y yo le respondí: «Para mí, no». Fue muy amigable, muy triste, con mucho afecto, hasta con amor. Yo intenté disuadirle, estuve tres horas hablando con él. Le dije que yo me había venido de Estados Unidos, donde enseño, para participar en esas elecciones y ayudarle por todos los modos posibles, no para crearle problemas. Él pensaba que Grecia podía acabar destruida si seguíamos. Yo no compartía esa opinión y me marché.

¿Cree usted que los españoles de Podemos tienen a partir de ahora alguna mínima oportunidad de acceder al poder, después de la derrota griega?

Les hemos hecho bastante daño. Podemos ha quedado a partir de ahora muy dañado por causa nuestra. Pero está todo ligado: una de las razones por las cuales la Europa oficial estaba absolutamente decidida a aplastarnos era el ascenso de  Podemos. Los socialdemócratas de Alemania y otros lugares tenían miedo de nuestro éxito. Si hubiéramos logrado reactivar la economía griega, habrían acabado como el Pasok de Grecia, en un 4%. Por lo tanto, tenían que destruirnos y es lo que hicieron.

Ya estuvo usted en Francia este verano para encontrarse con Arnaud Montebourg en la Fiesta de la Rosa. ¿En qué punto está usted en sus proyectos con él? Y más ampliamente, ¿qué espera de la Francia de hoy?

La verdadera respuesta es que desde Frangy, unos cuantos de nosotros, no sólo Arnaud, trabajamos en una red europea, en Alemania, en Francia, en Irlanda y otros lugares. Un foro de todos los demócratas que se rebelan ante el hecho de que la mayor economía del mundo la dirija el Eurogrupo, una sociedad secreta de tipo medievalesco, carente de todo control. Tenemos casi terminado un manifiesto, cuyo lema es muy sencillo:  «Democratizar el euro». Porque dinero es poder. Una cosa que he aprendido a lo largo del último año es que hace falta trabajar sobre una base europea. Simplemente ya no funciona el antiguo modelo de partidos nacionales. Hace falta que haya un debate paneuropeo que pueda encontrar seguidamente expresión local. Tal vez sea utópico, pero es la mejor idea que se me puede ocurrir en este momento.

exministro de finanzas del gobierno griego de Syriza, es un reconocido economista greco-australiano de reputación científica internacional. Es profesor de política económica en la Universidad de Atenas y consejero del programa económico del partido griego de la izquierda, Syriza. Fue recientemente profesor invitado en los EEUU, en la Universidad de Texas. Su libro El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, fue publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2ª edición inglesa revisada. Una extensa y profunda reseña del Minotauro, en SinPermiso Nº 11, Verano-Otoño 2012.

Fuente:

L´Obs, 8 de octubre de 2015

Traducción: Lucas Antón

 

Origen:  Sin Permiso

Galería | Esta entrada fue publicada en Internacional y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s